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Relojes atrofiados en el metro

Esta vez la nausea no ha venido a mí en forma de disgusto, de odio contenido ni de reproche aumentado. Vino a mi en tu forma y en la del miedo. Desde hace un tiempo, una hora específica me persigue. Tomo el celular y ahí la encuentro; en la esquina, en el centro, repentina como un parpadeo. Sólo me percato de ella por la particularidad que encierra. Dije que después de cierto tiempo de verla habrías de hablar conmigo. Pero terminaba la cuenta y la empezaba otra vez. En ese intervalo sentía alivio, horror, amor y finalmente miedo. Prefiero que no me hables, que no cruces palabra y no porque no te extrañe, porque sería tonto ocultar que me quemo de ganas de hablar contigo; de contarte que comencé a rasguñar la guitara o que un gato invadió la casa. Tantas cosas que hay que contarte, pero me detiene que nos dejamos en interrogante. Tengo miedo de la hora, que pronto la vea y al poco tiempo te comuniques conmigo sólo para decir "Gracias, compañera Angélica, es usted una excelent...

He estado a punto de

He estado apunto de dormir y me has picado las costillas. Me ha estremecido de repente la idea increíble de que sólo han sido seis veces las que te he pensado en estos días, lo cual quiere decir (si no me fallan las cuentas), que te he pensado al menos seis días pero en uno de ellos no has hecho acto de presencia. Lo cual, es suficiente para informarme que he comenzado con el pie derecho la encomienda de olvidarte. Te recordé a la hora de subir al metro, te recordé con la sensación misma que me causa llegar tarde a las clases de álgebra. Te recordé con la pesadumbre con que se recuerda a alguien que se ha ido y te recordé simplemente porque ya no me gusta recordarte. Ya no eres el pájaro que canta, ya no eres la sonrisa entumecida cada mañana. Los ojos enamorados de aquel día han quedado para la posteridad en una hoja, pero se han muerto ya para siempre desde que me parpadeaste. Te escribo a las 12:53 a.m. porque parece que te recuerdo en las noches cuando me faltas y te ...

Who cares!

Siento algo dentro en mi pecho y no sé qué es. Tú estás allá, escondido, en la caja. La caja que pesa casi 5 kilos kilos. Caja, kilos, todo va junto, diurex. Vas dentro, nadando, te azotan. Te caes, te limpian. Yo dudo. Dudo en la puerta de mi casa. Dudo al marcar el número. dudo, dudas siempre. Pienso, pienso. No hay respuesta lógica. Recurro a las señales que se bañan de coincidencia. Ahí está, en mi mano la respuesta. Ya es hora, me dice el tiempo. Me marca cuatro números. Yo digo que hay doce razones, la primera es la que tú dices, las otras dos son las que te contesto, Doce, doce, siempre doce. Hay 27 formas, 27, ¿por qué 27? Doce y 27, no sé por qué no escribo tu número. en la palma de mi mano aparece la respuesta. La respuesta era el momento. De entre tantas horas, Tantas combinaciones posibles. Todo e inverosímil, pido una señal y aparece Pero no sé si la señal es lo que quieres. Ahora ya vas dentro, te ahogas, esperas a recibirte. El viernes po...

Confesiones de media noche (tu media noche)

A veces creo que me reflexiono mucho las cosas y que lo que digo son desvarío. Me parece que es debido a ello que me gusta leer, porque ahí me encuentro con que, viejos cincuentones -muertos ya-, piensan lo mismo que yo. Que Mario le puso palabras en la boca a Martín, pero no cualquier palabra, pura palabra sabía. Mario sabía que la distancia, la que más pesaba era la del tiempo, porque a esa ya no se le puede hacer nada, o termina o aumenta: no hay más.  Es gracioso, porque yo no venía a decirte eso, pero siempre todo se me desborda cuando hablo o pienso que hablo contigo. En fin, venía a decirte que a penas van tres semanas y yo ya estoy pensando en echarme con un sólo pie cuando pase el metro. No sé qué me pasa, si es toda mi familia y amigos que me miran y me compadecen, que me dicen en alto: "no lo puedo creer, que buena onda: te admiro mucho" pero en silencio se ríen y me compadecen, diciendo: "esta no aguanta ni las tres semanas."  Es difícil, ¿no? ...

Revuelta post nivola

No sé que me pasa, he estado leyendo por más de 30 minutos y creo sólo rozar las letras sin comprender el signo. Me está pasando por la cabeza un millar de ideas en fila, y aunque esto solía sucederme antes, hoy no me deja concentrarme o dejarlas en segundo plano. Parece que su marcha es tumultuosa y fuerte, ¿es acaso que se preparan para la guerra? De ser así, ¿la guerra es contra mí o contra lo que se resiste a entrar desde esa página que leo?  ¿A caso mis ideas, las que tengo dentro se han vuelto en contra de que existan más? ¿de recibir conocimiento? ¿Por qué no puedo concentrarme? No sé si es por este piano horrible acompañado de olas que no me deja concentrarme aún cuando esa es su finalidad. Estoy apunto de explotar aquí adentro y dejar a mi cuerpo como una funda sin sostén, porque me arde desde la planta de los pies hasta las orejas está impotencia de no poder más cuando quiero hacerlo.  Quisiera matar a todos esos que se creen con derecho de perturbar a los dem...

Reverberación.

Hay días en que el momento se siente aprovechado, el presente fluye y el pasado sólo regresa como recuerdo amable de lo que se ha hecho. Son esos días los que llenan de sentido el alma y dan luz verde a proyectos que, otros días, simplemente escondemos para evitar creer que pueden ser reales. De esos días no hay muchos en el año, al menos para mí, porque el desdén me ataca, la decidía me amarra y la cobardía me entierra. Esto de pensármelo tanto dejo de ser una medida de seguridad a una táctica de encierro. Lo peor de estos días es cuando la gente me visita con aires de muy experimentados y me recuerdan lo gris que ha sido mi tiempo, y se regodean de los colores antes de ayudar a pintar un cuadro.

Las luces ámbar me visitan.

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No es común que yo despierte temprano, y en realidad no es que lo haya hecho. A veces tengo el sueño tan pesado que, sueño tres o cuatro veces con despertarme para ver si así me responden las piernas. Cuando era pequeña, y mis padres no debían recurrir a alarmas porque, mis deseos de ver y caminar eran tan grandes que mi cama no los detenía, las luces ámbar eran el espectáculo que me hacía sentir el universo en las tripas y la alegría untada en los ojos.  Mi casa siempre ha sido una cueva con temperaturas erráticas, hay veces que pienso que mi ceguera es la evolución de mi cuerpo al ambiente. Pero a pesar de todo lo oscuro y lo fría o calurosa que sea mi casa, cada ciertas mañanas se cuelan esas luces, se estampan con la pared y se graban a mis recuerdos. Una pequeña filtración hace eco en las paredes y me llama a observarla unos segundos antes de morir y difuminarse entre la luz blanca y mañanera.  Las luces color de ámbar son para mi un regalo, una dosis de lo que ...