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El paso de vida.

Individuos perecen a manos de la soledad intocable. La muerte les sucede a ellos pero no a su entorno. El  señor que le hacía la peluquería a mis mascotas vivía sin compañía humana, pero le rodeaban al menos cinco perros. Yo sólo fui consciente de su existencia cuando lo necesité y alguien lo recomendó. Cuando  pasaba por su casa sabia que ahí vivía el señor de los perros y automáticamente me cuestionaba qué día llevaría a los míos para un cambio de imagen. Su vida era algo seguro en el camino que andaba diariamente. El hecho de no pensar en la próxima visita no era sinónimo de declarar su muerte. Uno siempre está seguro de la vida de alguien. Cuando un ser querido toma la siesta y lo vemos al día siguiente recostado, le creemos vivo incluso sin acercarnos, sin confirmarlo. Es por eso que la muerte durante el sueño puede aumentar la vida del sujeto en el ojo de quien le mira. Hace  tres semanas mientras calentaba las tortillas, recibí el aviso de su muerte. Entonces...

El colapso.

Pérdida de la conciencia en la vida inconsciente llevada por un cuerpo con vida. Subo a la bicicleta, hago del trayecto un monologo obligado. Bajo, cruzo la calle y ahí en la única esquina con luz levanto la mano, y el transporte que me lleva siempre al mismo destino pero que nunca es el mismo, me hace la parada. Antes de subir, siempre espero que el lugar en el que iré sentada sea bueno y por mi mente siempre pasan pensamientos siniestros que al momento de ser concebidos deseo desechar.  Al llegar al primer destino, el trayecto que hay entre él y la entrada al nuevo el tiempo se vuelve infinito y cada paso pesa más en el costal del cansancio que cargo día a dia. El metro, el autobús, la escuela misma se vuelven estaciones de paso obligatorias donde suben personas valiosas, pero que transbordan a otra linea.  Hay 21 estaciones de un camino a otro, y son tres líneas las que he terminado de recorrer sin rechistar y que parecen no llevarme más cerca del destino, del objeti...

Tinta.

Cuando me prohíbo la tinta, me viene la resaca de mi vida, de mi cuerpo. Mi cuerpo que se siente más pesado cada día que me rehuso a ella, cuando creo no merecerla.  Han pasado ya tantos días, yo diría ya años, desde que me separé de ellas; que mis manos se han vuelto el verdugo de mi existencia.  Y mi pie y una de mis manos se rehúsan, me dejan tirada en la cama o en el camino. Intento salvarme con la mano que me queda pero no responde, no sabe a quién hacerle caso. En mi viven dos: un demonio y una persona.  Quisiera ser el demonio para sacar de un susto al inútil que me traba. Para desafiar al que me dice que no soy más que él. Para tener un nombre y que necesiten saberlo para sacarme a flote en una conversación. Quisiera ser demonio para poseer mi cuerpo, y llevarme por el camino de la tinta.

Incierto.

¿Cuánto tiempo he de dejar pasar para dejar de acordarme? Desde pequeña he tenido grandes memorias, recuerdos mentirosos, pasajes  intrascendentes  con pinta en la primera plana. ¡Ay, dios! Que mal es este don de la memoria que me sirve casi siempre equivocadamente. Por ahí en los aires neuronales alcanzo a  pescar  una que otra cosa de la escuela; una fórmula chicharronera, unos años con cabezas y a veces, cuando la lucidez es mi compañera, palabras e ideas. M as no es lo único que retiene porque a veces uno mismo se hace presa de su sortilegio. Esto de recordar debería de ser un arte y por desgracia, yo pinto sola mi muerte. Las memorias me recuerdan que estoy viva, casi muerta. Que me gusta hablar con los árboles porque me confiesan como es que siguen creciendo aún sin primavera.  El recuerdo me ahoga con sabores desagradables; el de la salsa cruda, el del hierro de la sangre. Revive sabores de boca y  lo deliciosos que eran algunos días. A...

No hay ovejas mestizas.

Desde hace dos años y medio, me he envuelto en una sábana de invisibilidad de la vida diaria, de la confianza y de la auto-imagen que tenía de mi. En realidad intento recordar el intervalo de tiempo en que sucedió y averiguar qué causó la transición de eso a esto que ya no quiero ser. Tengo una idea muy fuerte, sobre respetar lo que piensa la gente ya sea bueno, malo, radical o sistemático, puesto qué cada quién decide como dirigir su vida y eso de verse limitado o juzgado por la crítica simplemente entorpece la generación de ideas propias. Aunque esto parezca ilógico, con contradicciones al bienestar social, o hacia el mismo crecimiento del entorno y del pensamiento, me parece lo correcto y es algo que no quiero dejar ir.  Sin embargo, a pesar de tener estas ideas, mi problema recae en una simple palabra: tolerancia. Me parece absurda la prepotencia, tanto como puede parecerle a algunas personas la reserva de la opinión. Simplemente la detesto, ...

La eternidad muere contigo.

La eternidad aterra y tienta a todos, se le antoja a las almas completas, a aquellas que se han vuelto una. No hay eternidad para quienes no han logrado resolver el rompecabezas del amor o para quienes lo resolvieron y les arrebataron una pieza. La eternidad asusta porque no se conoce, sepa dios cuando termina y sepa el inmortal cuando va conocer a dios. También tiene dos causas intrínsecas: ser premio y ser castigo. Por una parte, vemos a los desdichados; aquellos a quienes se les ha sido conferida la vida sobre la vida, a cambio de un tormento insostenible. No pueden amar con la misma longevidad de sus vidas, viven para penar y amar en el recuerdo de la vida lo que les da muerte sensible pero no corpórea. Del otro lado del espejo —que sí refleja lo tupido del alma por el amor— están aquellos bienaventurados que viven la vida eterna como solía ser la vida mortal, que por cierto, ¿que no es vida sinónimo de mortal y automática contradicción de eterno?  La eternidad entonces ...