14 de mayo de 2013

Te digo, o te susurro, que nos vayamos despacio, quedito. Porqué un día me dijeron que caminar lento era el remedio, que de menos te cansabas y menos ganas daban de volver. Un día te pedí que a mi lado caminarás y si no lo pedí lo deseé con todas mis fuerzas que, de un momento a otro, mi brazo ya estaba sostenido en el tuyo y viceversa. 

Pero a ti no te agrada, y no hace falta que me lo digas... En verdad quisiera caminar a pasitos de tortuga contigo, escribirte aunque al paso de los años me convierta en un dulce bien dulce. Que bien; si te diera por ser colibrí y alimentarte de mi, bastaría con eso para justificar cualquier transformación anómala. 

Un día pensé en pedirte que me acompañaras, de aquí, allá, a todos lados, y en verdad quería caminar contigo. Parecías ser como un guardia en un camino de serpientes y chabacanos. Pero a esta niña, tonta ilusa y egoísta, se le olvidó que todos piensan y quieren caminar con alguien ese camino lleno de cosas que nos dan miedo. Tú la habías elegido a ella, ella a ti. Yo andaba sobrando, y era momento de echar pasitos de algo más lento que la tortuga porque tenía que llorarte, que reírte, y no quería que fuese poco. Quería que mi tristeza durara. Quería que mi alegría, esa que estuvo ahí contigo, se fundiera para poder llevarla bien adentro. Quería escribirte todas las elegías que se le pueden escribir a alguien en una vida. Quería hacer todo eso y esperar que todo durara hasta la siguiente parada.

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