Celosa por los gatos.
Mi gato ya no me quiere y yo me siento como desahuciada. El señor peludo un día decidió que la casa no era suficiente para él, pero yo no sabía por qué. Estuvo en todos lados: en los estantes, en los escritorios, en las sillas, en el baño, en los cajones, en las cajas, debajo de las camas, arriba de los muebles más altos, de las puertas. El señor gato conquistó toda la casa, y un día de repente salió a la calle.
Como si sus abundantes pelos no fueran suficiente cobija, se fue a asolear, iba y venía muy campante, sin preocupaciones, sin que pensará en lo que yo estaría pensando. Se iba y se acurrucaba en las casas de los vecinos, eso a mi me ponía muy celosa. A veces llegaba ya muy noche y me rasguñaba la puerta para que le abriera y yo, sin pensarlo, lo dejaba entrar.
Todavía no se los cuento, pero él llego como encargo de unas cuantas semanas y se convirtió en la adoración de la familia. Pasaron los días sin que regresaran por él. Creció y engordó; se convirtió en uno de esos gatos obesos que tanto me gustan. Su pelaje crecía y se acompañaba de una manta de polvo de la que le gustaba cubrirse para conquistar el mundo.
La casa fue su escuela, en cosa de dos meses el pequeño miau se podía graduar o convertir en ninja cuando quisiera. A veces, cuando recordaba malos incidentes en la calle me creaba escenarios hipotéticos en donde el ninja más ágil y tierno me rescataba y les propinaba unas buenas tundas o mordiditas discretas que sólo descubrirían hasta que el ardor y la sangre las delataran. Lo sé, suena bien, pero le conté y mejor se echo a dormir en mis pies.
¡Ay dios! Yo sé que él piensa y que me entiende. Tal vez piensa que lo que digo son puras sandeces, lo sé, sus orejas me lo dicen. Pero, ¿a quién más le cuento mi día? No es como que no le quiera contar a mi madre, o que no le quiera contar a mi hermana, pero, vamos, recibir consejos de un gato sería grandioso. Sin embargo, sus noches las ocupa para cavilar algo más importante (¡cuánto daría por saber qué!). Si le cuento algo, me ignora; mira hacia otro lado, o cierra los ojos y me achata las orejas, entonces me siento en la necesidad de callarme y dejarlo dormir. No es que me rinda, es que intento conocerlo, seguro un día contactamos en telepatía, o decida hablarme en vez de maullar
Tal vez esté aprendiendo español. No lo sé, tal vez no quiera platicar conmigo.
Unas veces dejo la ventana abierta. No me gusta que se desesperé; ahí toma su baño de sol y se enreda con la luna. Jodida musa de plata, incluso logró encantar a mi gato. Se la pasa mirándola y esperando que sea una bola gigante de estambre con la cual jugar. Una bola de queso, el ojo de un contrincante observador, O simplemente la luz más hermosa que no le lastima los ojos y que puede mirar mientras yo lo miro.
Me siento a veces un poco mal porque no sé cuando es su cumpleaños, no sé si le importa. No quiero que se enoje conmigo por no felicitarlo y darle un regalo. Puede que quiera un masaje, o un tratamiento para cabello, o un nuevo juguete con el cual jugar, o simplemente que lo deje sólo disfrutando de su día, no lo sé. quisiera un calendario de gatos, y que en el viniera su cumpleaños.
Eso es lo que me pasa, que me pongo celosa, porque ya no me abraza, porque ya no me busca. En la noche ya no vine a hacerse bola en mis pies. Tengo miedo de que un día se vaya y no regrese, que me olvide, si es que tiene memoria, si es que quiere recordarme. Tengo miedo de que se lleve todo y nunca me defienda disfrazado de ninja. ¿Que tal si esa cosa peluda ya no me quiere? ¿Que tal si el señor felino nunca me quiso?

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